Arely Cortés, física mexicana originaria de Pachuca Hidalgo, lidera el experimento ATLAS, una de las máquinas científicas más potentes del mundo, es colaboradora en el número de Supermáquinas

El Gran Colisionador de Hadrones -LHC- es el acelerador de partículas más grande y potente que ha existido. Se encuentra en la frontera francosuiza cerca de Ginebra. Foto: CERN / Colaboración ATLAS.
A cien metros bajo tierra, entre Francia y Suiza, no solo se hace ciencia.
Se está decidiendo el futuro tecnológico del mundo.
Ahí opera el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), una infraestructura de 27 kilómetros donde partículas viajan a velocidades cercanas a la luz para recrear condiciones del universo primitivo.
No es un experimento aislado.
Es una declaración de poder.
Porque quien entiende la materia…
termina controlando la tecnología, la industria y la economía del siglo XXI.
Hoy, lo que ocurre dentro de estos aceleradores ya impacta la vida cotidiana:
La World Wide Web nació en el CERN como una herramienta científica. Hoy sostiene la economía digital global.
La radioterapia y los sistemas de diagnóstico avanzado derivan de tecnologías desarrolladas para estudiar partículas.
El procesamiento masivo de datos en estos experimentos ha impulsado avances en inteligencia artificial, simulación climática y nuevos materiales.
Nada de esto fue inmediato.
Todo es resultado de décadas de inversión sostenida en ciencia de frontera.
En 2012, el LHC confirmó la existencia del bosón de Higgs, clave para entender por qué existe la masa.
Pero el verdadero impacto no fue solo el descubrimiento.
Fue demostrar que las naciones que invierten en estas infraestructuras
no sólo generan conocimiento:
definen las reglas del futuro.
Una conversación incómoda que México no puede seguir evitando
Este modelo de desarrollo no es inmediato. No da resultados electorales y no genera aplausos rápidos.
Porque evidencia algo profundo:
la falta de visión de largo plazo.
Mientras potencias como Estados Unidos, China y Europa consolidan su liderazgo a través de grandes infraestructuras científicas, en muchos países estos temas siguen fuera de la conversación pública.
No movilizan agendas.
No generan presión política.
No son prioridad para tomadores de decisiones, academia o formación educativa.
Y sin embargo, ahí se está definiendo el futuro.
Invertir en ciencia de gran escala no es un lujo, es una decisión estratégica. Es apostar por talento, soberanía tecnológica y capacidad de decisión como país.
No hacerlo… también es una decisión.
Y sus consecuencias ya son visibles.
OBSIDIANA PONE EL TEMA SOBRE LA MESA
En este contexto, la nueva edición de Obsidiana. Ciencia y Cultura por México, dirigida por Lamán Carranza, no busca explicar únicamente la física de altas energías.
Busca abrir una conversación que no se está teniendo.
Una conversación sobre: infraestructura científica, desarrollo tecnológico, real
formación de nuevas generaciones y visión de país.
Porque entender lo que ocurre dentro de un acelerador de partículas
ya no es un ejercicio académico.
Es entender quién está construyendo el futuro… y quién se está quedando fuera.
