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LAS NUEVAS PLÁSTICAS

Sentados en el comedor, con sus risas escandalosas, recordando las locuras de anoche: cerveza, tequila, música con volumen exagerado y luces parpadeantes.
Me recuerdan tanto a nosotros. Y, aunque suene a alguien atrapado en el pasado, recuerdo con nostalgia los días de estar así con mis amistades de entonces, con el grupo de “plásticas” de aquel momento.

Parecíamos salidos de una mala película adolescente: escandalosos, inseguros, con tragos baratos y esa clase de amistad donde todos fingían quererse mientras morían por encajar.

No había nada más que fiestas que duraban hasta el amanecer, vodka con jugo de arándano y Bacardí con Coca-Cola. Bailábamos hasta que los pies no podían más. El tiempo no existía.
Fuck… éramos los putos dueños de la noche.

Tantas promesas que hicimos ebrios: formar un grupo de pop, abrir un negocio, viajar… permanecer siempre juntos. Algunas las cumplimos; otras se quedaron ahí, a la orilla de la carretera rumbo a Veracruz, en la arena de una playa en Los Cabos o en algún bar que ya cerró en esta ciudad.
�Poco a poco nos fuimos desmoronando. Nos ganó el deseo, la pasión y el ego, y se volvió imposible cumplir las promesas. El cariño se convirtió en traición. Y, como una racha de buena suerte que llega a su fin, comenzaron las desconfianzas y detrás de ellas llegaron todas las desgracias: una pelea que terminó en el hospital, una patrulla impactada, corazones rotos, grandes decepciones y miles de promesas que ya no estábamos dispuestos a cumplir.

Terminaron los días de juntarnos en el comedor, de reír hasta que nos mandaran callar.

Y un día, simplemente, nadie volvió al comedor. Nadie quedó en el grupo de WhatsApp que se llamaba “hermanos”. Nadie volvió a ese bar.
Nadie volvió a confiar.

  • Quijano Blas