Inicio Nacional *La silla de oficina* 

*La silla de oficina* 

Varias veces al día viene a “molestarme”, como suele decir ella, preguntándome cosas que bien podría resolverlas sola. Podría enviar un mensaje. Podría incluso, ignorarlas por completo. Pero no, camina hasta mi oficina, hace la pregunta y espera la respuesta como si fuera la primera vez que escucha algo tan simple.
Siempre me ha parecido curioso.
Cuando la conocí hace ya varios años, era otra persona. Trabajé a su lado varios meses y vaya que era complicada, difícil para trabajar en equipo y tenía la extraña habilidad de convertir cualquier tarea sencilla en un buen pleito. Aun así imponía respeto, era buena en lo que hacía, parecía tener claro su lugar en el mundo o al menos en esas oficinas.
Con el tiempo cambié de área y dejé de compartir el día a día, pero nunca dejamos de compartir el mismo edificio, las mismas celdas de cristal que abandonamos y a las que regresábamos de lunes a viernes en una rutina que nadie eligió realmente.
Desde cierta distancia la vi atravesar una vida entera. Los chismes de pasillo hablaban de infidelidades descubiertas, divorcios, un patrimonio perdido y una serie interminable de enfermedades que nadie termina de comprender del todo. Algunas parecían reales, otras parecían el lenguaje que encontró su cuerpo para pedir un poco de paz cuando ya no quedaba ninguna otra forma de encontrarla.
Poco a poco comenzó a desaparecer.
Seguía ahí cada mañana pero al mismo tiempo ya no estaba, ocupaba la misma silla mientras adoptaba una curvatura extraña con su cuerpo para hacerse caber.
Dejó de involucrarse, dejó de proponer, dejó de pelear, dejó de ser esa testaruda y obstinada mujer que conseguía siempre lo que quería, que lograba las exigencias del jefe y sostenía a su familia con la destreza de un hábil malabarista.
El mundo siguió girando para el mismo lado, pero ella permaneció hundida y encorvada en la silla de la esquina de su oficina. Como si hubiera entendido algo que el resto nos negábamos a aceptar.
¿Cómo llega alguien hasta ese lugar?
A estar presentes pero sin participar realmente de sus propias vidas. A cumplir con lo necesario mientras esperan que termine el día, la semana, el año, la vida. Desgastados por las constantes decepciones, las insípidas derrotas una y otra y otra vez.
Quizá por eso me llaman la atención esas preguntas que cuya respuesta ya conoce de memoria.
Tal vez nunca se trataron de las respuestas.
Tal vez son una forma de recordar que todavía existe alguien del otro lado.
Porque después de tantos años observándola, he descubierto algo, este texto no trata de ella.
Es sobre el miedo, mi propio miedo.
El miedo a que la vida me erosione lentamente sin que me de cuenta. A convertirme en alguien que funciona pero que deja de avanzar. A sólo ocupar un espacio mientras lo que importa se quedó de lado, perdido entre horarios, pendientes y años que transcurren tan rápido que apenas y lo noto.
Hay tardes en las que observo este lugar y todo parece extrañamente robótico. Como si la rutina hubiera sido perfeccionada hasta el punto de parecer una representación de sí misma, las mismas conversaciones, los mismos problemas, las mismas preocupaciones recicladas una y otra vez.
Y entonces me doy cuenta que lo verdaderamente inquietante no es verla a ella.
Sino verme reflejado en su historia y encontrar fragmentos que coinciden a la perfección con la mía.
Porque nadie nota el momento exacto en que comienza a apagarse.
Simplemente un día descubres que han pasado ocho años y la silla ya tiene la forma de tu cuerpo.
– Quijano Blas