Caminando por el mercado escucho los típicos gritos de los vendedores
“Pásele, güerita, ¿qué le vamos a dar?”
“Escójale, güero, sin compromiso.”
“Llévele, güerita, está fresco y barato.”
¿En qué momento los halagos se volvieron blancos?
“¡Ay qué prieta, no, qué feo!”. Exclama una mujer al verse con esos filtros de Instagram que oscurecen la piel.
“Está bien guapa nada más porque es prieta”. Dicen algunos al ver pasar a una mujer morena.
“No te pongas mucho al sol o te vas a hacer prieto”. Grita una madre a sus hijos.
Y todo esto es normal.
Porque nos enseñaron a neutralizar nuestro color con otros colores que nos hicieran ver «más claritos».
Aprendimos que cuando te dicen «güerito» es un halago y que «prieto» es un insulto bastante fuerte.
Y todo esto es normal.
Porque nos enseñaron que en las novelas los prietos somos los rateros, la servidumbre y los pobres.
Y todo esto fue normal.
Entonces nadie quiso ser prieto.
Nos sentimos halagados cuando alguien nos gritaba «güerito» en el mercado y nos ofendimos cuando nos gritaban «pinche prieto». No por el «pinche», sino por el «prieto».
Porque no queríamos ser prietos. Porque nos enseñaron que ser prieto estaba mal.
Buscar colores que nos hicieran ver más claros se volvió una obsesión. También las cremas que prometían blanquearnos la piel. He escuchado historias de personas que siendo niños, usaron cloro para intentar aclararse, como si nuestro color fuera una mancha que debía borrarse.
Muchos jugamos con los filtros de Instagram para vernos más blancos. Fantaseamos con ser güeritos mientras repudiábamos nuestras raíces, nuestra historia y a nuestros ancestros. Toda esa grandeza impresa en cada pigmento de nuestra piel.
Y todo eso se volvió normal.
Vivimos durante años dentro de esa falsa normalidad, preguntándonos frente al espejo,
¿Por qué nacimos prietos?
Recuerdo una conversación de hace algunos años con un compañero de trabajo. Estábamos presumiendo, entre bromas, qué tan guapos éramos para gustarle a la bonita de la oficina. Mi seguridad estaba en la cúspide hasta que soltó una frase que parecía inofensiva:
“Bueno, no estaré muy guapo, pero al menos soy güero.”
En ese instante desfilaron frente a mí años enteros de recuerdos. Años de sentir que ser prieto me hacía menos. Porque aunque es algo que no puedo cambiar y que, en realidad, nunca tuvo nada de malo, siempre creí que debía cambiarlo.
Una simple broma entre amigos se convirtió en el anzuelo que pescó todas mis inseguridades y las puso frente a mí.
Y sí, quizá parte de la responsabilidad es mía, por no haber sido más seguro, por dejar que los comentarios de otros se instalaran en mí, por no aceptarme como soy, por no haber sanado ciertas heridas.
Pero bien dicen que cuando una mentira se repite mil veces se vuelve verdad.
Y como todo esto siempre fue normal, esa voz se quedó viviendo dentro de mí. Susurrándome al oído que algo estaba mal conmigo.
Sólo por haber nacido prieto.
- Quijano Blas
