Por Bryan R.
Crecimos en casas llenas de ruido, rodeados de hermanos, primos y mesas sin fin todos los domingos. Hoy, cuando llegamos a esas mismas reuniones familiares con un solo hijo, nunca faltan los clásicos comentarios “¿para cuándo la parejita?”, o “¿no te da miedo que crezca solo?”.
A los ojos de nuestros padres y abuelos, nuestra decisión de no llenar la casa suele interpretarse como un acto de egoísmo o de simple comodidad. Sin embargo, los datos oficiales delConsejo Nacional de Población y del INEGI marcan un cambio de mentalidad en la planficiación familiar. Hace treinta años, la tasa promedio era de casi 3.5 hijos, mientras que hoy es de 1.8.
Esto es el reflejo de una generación que entendió que los recursos materiales, económicos y públicos son finitos y, en muchos casos, ya están completamente rebasados. Traer menos personas a un mundo con salarios estancados y servicios colapsados es un acto de responsabilidad frente a la sobrepoblación.
Pero esta nueva consciencia nos obliga a replantear por completo nuestro papel y nuestras responsabilidades dentro del hogar. Reducir la cantidad de hijos no solo debe servir para ofrecerle mejores oportunidades para desarrollarse. Debe tener un propósito humano mucho más profundo.
Si tomamos la decisión consciente, nuestra obligación es garantizar nuestra presencia. Debemos sustituir la cantidad de familia por una atención plena, compartiendo y conectando.
Al no tener que dividir la atención, ganamos el espacio mental necesario para educar fuera del piloto automático. Esto nos permite escucharlos verdaderamente, validar sus emociones y criarlos sin repetir los patrones de estrés con los que nosotros mismos crecimos. El objetivo ya no es solo sacar a la familia adelante, sino entregarle a la sociedad adultos emocionalmente sanos y empáticos.
Decidimos dejar de tener familias grandes porque el amor también significa no traer hijos a sufrir carencias que hoy podemos prever. Ahora nos toca demostrar todos los días, con acciones congruentes, que esa difícil decisión generacional realmente valió la pena.
-CAPG-
