
Hidalgo se encuentra en la antesala de una transformación económica sin precedentes. La ubicación geográfica estratégica del estado y la saturación de los mercados industriales tradicionales han puesto a nuestra entidad en el radar del capital global. La gestión para atraer inversiones históricas es un acierto innegable que debe celebrarse, pues abre una ventana de oportunidad para miles de familias. Sin embargo, surge una pregunta que debe ser el centro del debate público: ¿está nuestro sistema educativo formando a los hidalguenses para liderar estas empresas, o solo para ocupar los puestos de menor valor agregado?
El desarrollo económico no puede entenderse únicamente como la instalación de naves industriales o la creación de empleos masivos. El verdadero desarrollo es la capacidad de una sociedad para generar y retener talento. En las aulas de Hidalgo existe una capacidad intelectual envidiable, pero existe también una desconexión preocupante entre lo que se enseña y lo que el mercado global demanda hoy.
Si queremos que los hidalguenses sean los arquitectos y directivos de las nuevas industrias, debemos hablar de una reingeniería educativa que priorice competencias transversales. No se trata solo de construir más escuelas, sino de elevar el estándar de lo que sucede en ellas. En un mundo hiperconectado, el dominio de un segundo idioma, como el inglés en un nivel competitivo, o el manejo avanzado de tecnologías de la información ya no son lujos, sino requisitos básicos de empleabilidad.
La crítica debe ser precisa: un sistema educativo que no se actualiza al ritmo de la inversión privada condena a su juventud a la precariedad o a la migración. Es necesario reconocer los esfuerzos de vinculación academia-industria que se han iniciado, pero hay que puntualizar que estos no pueden ser esfuerzos aislados de un par de universidades. Se requiere una política comunitaria integral que involucre al gobierno como facilitador, a las empresas como mentores y a las instituciones educativas como laboratorios de innovación.
Pedagógicamente, debemos entender la diferencia entre «mano de obra» y «capital humano». La mano de obra es sustituible por tecnología; el capital humano es el que crea, innova y toma decisiones. Para que Hidalgo deje de ser solo un destino de inversión y se convierta en un polo de desarrollo, nuestra educación debe dejar de formar para la obediencia y empezar a formar para la resolución de conflictos y el liderazgo administrativo. La apuesta más rentable que puede hacer el estado no está en los incentivos fiscales para las empresas, sino en el cerebro de sus jóvenes. Solo así garantizaremos que la riqueza que llega de fuera se quede en casa.